Un grupo de muchachas y muchachos cantan por la calle, a voz en grito, una misma canción. Da igual que sea una vieja melodía de la infancia, el último éxito de moda o alguna tonada popular. Lo que todas esas voces gritan en la noche, la canción que la parranda lleva a la madrugada, eso mismo es un himno. Peter Szendy ha explicado muy bien lo que nos libera y atrapa en este tipo de canciones, el placer inmenso de cantar en grupo, a la vez un poder de emancipación y sujeción férreamente ligados. Los llamamos himnos por su invocación religiosa, pero en realidad, la himnología del Pseudo Dionisio que asentó el termino es un tratado sobre los ángeles, sí, pero también un tratado de economía y una lección de estética.

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